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jueves, 28 de febrero de 2013

NUNCA SERA UNA DESPEDIDA

Dentro de apenas unas pocas horas, se formalizará de manera efectiva, la renuncia de nuestro queridísimo Santo Padre a la Sede de Pedro. Son muchos los recuerdos que me vienen a la memoria en relación con los acontecimientos vividos en estos últimos ocho años, en los que el Señor ha querido regalarnos con una persona excepcional como sucesor de Pedro. Había quien pensaba que con Juan Pablo II el listón quedaba demasiado alto para quien le sucediese. Efectivamente, no sería fácil medirse con un coloso. Pero quién pensaba de aquella manera lo hacía sin tener en cuenta que Dios siempre tiene la última palabra. Ya antes de su elección Joseph Ratzinger dejo claro quien sería Benedicto XVI en aquella memorable homilía del funeral de Juan Pablo II; después en aquella otra de la misa "PRO ELIGENDO PONTIFICE" nos hablo claro de los problemas que acechaban y lo siguen haciendo, al hombre de hoy. Después........ la elección como Romano Pontífice... "Queridos hermanos y hermanas: después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. Gracias". Pasados los días, en la misa de inauguración de su Pontificado nos dejó "boquiabiertos" con aquella extraordinaria homilía donde explicaba algunas cosas difíciles de comprender con una claridad inusitada. Después vendrían los viajes, las encíclicas, los ángelus, los libros y aquella catequesis para mí emocionante sobre San Pablo; todo explicado con la profundidad de erudito y con la sencillez de maestro, en el sentido más imponente de la palabra. Con el paso del tiempo hemos podido comprobar que Benedicto XVI es otro Papa excepcional con el que hemos tenido la suerte de vivir y que los listones por altos que sean quien los salta verdaderamente es Dios mismo. Hoy en este día triste nos queda la alegría de no despedir al Santo Padre en las tres cajas de rigor. Benedicto XVI sigue con nosotros, seguirá rezando por nosotros y no cabe duda, nosotros por él, por eso esto nunca será una despedida.





DE LA ULTIMA AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA EN LA PLAZA DE SAN PEDRO 

Venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado,
distinguidas autoridades,
queridos hermanos y hermanas:



Os doy las gracias por haber venido, y tan numerosos, a ésta que es mi última audiencia general. Gracias de corazón. Estoy verdaderamente conmovido y veo que la Iglesia está viva. Y pienso que debemos también dar gracias al Creador por el buen tiempo que nos regala ahora, todavía en invierno. Como el apóstol Pablo en el texto bíblico que hemos escuchado, también yo siento en mi corazón que debo dar gracias sobre todo a Dios, que guía y hace crecer a la Iglesia, que siembra su Palabra y alimenta así la fe en su Pueblo. En este momento, mi alma se ensancha y abraza a toda la Iglesia esparcida por el mundo; y doy gracias a Dios por las “noticias” que en estos años de ministerio petrino he recibido sobre la fe en el Señor Jesucristo, y sobre la caridad que circula realmente en el Cuerpo de la Iglesia, y que lo hace vivir en el amor, y sobre la esperanza que nos abre y nos orienta hacia la vida en plenitud, hacia la patria celestial.
Siento que llevo a todos en la oración, en un presente que es el de Dios, donde recojo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Recojo todo y a todos en la oración para encomendarlos al Señor, para que tengamos pleno conocimiento de su voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual, y para que podamos comportarnos de manera digna de Él, de su amor, fructificando en toda obra buena (cf. Col 1, 9-10).


En este momento, tengo una gran confianza, porque sé, sabemos todos, que la Palabra de verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, dondequiera que la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Ésta es mi confianza, ésta es mi alegría.
Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años acepté asumir el ministerio petrino, tuve esta firme certeza que siempre me ha acompañado: la certeza de la vida de la Iglesia por la Palabra de Dios. En aquel momento, como ya he expresado varias veces, las palabras que resonaron en mi corazón fueron: Señor, ¿por qué me pides esto y qué me pides? Es un peso grande el que pones en mis hombros, pero si Tú me lo pides, por tu palabra echaré las redes, seguro de que Tú me guiarás, también con todas mis debilidades. Y ocho años después puedo decir que el Señor realmente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido percibir cotidianamente su presencia. Ha sido un trecho del camino de la Iglesia, que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda; es Él quien la conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, pues así lo ha querido. Ésta ha sido y es una certeza que nada puede empañar. Y por eso hoy mi corazón está lleno de gratitud a Dios, porque jamás ha dejado que falte a toda la Iglesia y tampoco a mí su consuelo, su luz, su amor. 


Estamos en el Año de la Fe, que he proclamado para fortalecer precisamente nuestra fe en Dios en un contexto que parece rebajarlo cada vez más a un segundo plano. Desearía invitaros a todos a renovar la firme confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son los que nos permiten caminar cada día, también en la dificultad. Me gustaría que cada uno se sintiera amado por ese Dios que ha dado a su Hijo por nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites. Quisiera que cada uno de vosotros sintiera la alegría de ser cristiano. En una bella oración para recitar a diario por la mañana se dice: “Te adoro, Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te doy gracias porque me has creado, hecho cristiano...”. Sí, alegrémonos por el don de la fe; es el bien más precioso, que nadie nos puede arrebatar. Por ello demos gracias al Señor cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente. Dios nos ama, pero espera que también nosotros lo amemos.Pero no es sólo a Dios a quien quiero dar las gracias en este momento. Un Papa no guía él solo la barca de Pedro, aunque sea ésta su principal responsabilidad. 


Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha puesto cerca a muchas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y han estado cerca de mí. Ante todo vosotros, queridos hermanos cardenales: vuestra sabiduría y vuestros consejos, vuestra amistad han sido valiosos para mí; mis colaboradores, empezando por mi Secretario de Estado que me ha acompañado fielmente en estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, así como todos aquellos que, en distintos ámbitos, prestan su servicio a la Santa Sede. Se trata de muchos rostros que no aparecen, permanecen en la sombra, pero precisamente en el silencio, en la entrega cotidiana, con espíritu de fe y humildad, han sido para mí un apoyo seguro y fiable. Un recuerdo especial a la Iglesia de Roma, mi diócesis. No puedo olvidar a los hermanos en el episcopado y en el presbiterado, a las personas consagradas y a todo el Pueblo de Dios: en las visitas pastorales, en los encuentros, en las audiencias, en los viajes, siempre he percibido gran interés y profundo afecto. Pero también yo os he querido a todos y cada uno, sin distinciones, con esa caridad pastoral que es el corazón de todo Pastor, sobre todo del Obispo de Roma, del Sucesor del Apóstol Pedro. Cada día he llevado a cada uno de vosotros en la oración, con el corazón de padre. 


Desearía que mi saludo y mi agradecimiento llegara además a todos: el corazón de un Papa se extiende al mundo entero. Y querría expresar mi gratitud al Cuerpo diplomático ante la Santa Sede, que hace presente a la gran familia de las Naciones. Aquí pienso también en cuantos trabajan por una buena comunicación, y a quienes agradezco su importante servicio. En este momento, desearía dar las gracias de todo corazón a las numerosas personas de todo el mundo que en las últimas semanas me han enviado signos conmovedores de delicadeza, amistad y oración. Sí, el Papa nunca está solo; ahora lo experimento una vez más de un modo tan grande que toca el corazón. 


El Papa pertenece a todos y muchísimas personas se sienten muy cerca de él. Es verdad que recibo cartas de los grandes del mundo –de los Jefes de Estado, de los líderes religiosos, de los representantes del mundo de la cultura, etcétera. Pero recibo también muchísimas cartas de personas humildes que me escriben con sencillez desde lo más profundo de su corazón y me hacen sentir su cariño, que nace de estar juntos con Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe, por ejemplo, a un príncipe o a un personaje a quien no se conoce. Me escriben como hermanos y hermanas o como hijos e hijas, sintiendo un vínculo familiar muy afectuoso. Aquí se puede tocar con la mano qué es la Iglesia –no una organización, una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Experimentar la Iglesia de este modo, y poder casi llegar a tocar con la mano la fuerza de su verdad y de su amor, es motivo de alegría, en un tiempo en que tantos hablan de su declive. Pero vemos cómo la Iglesia hoy está viva.

 
En estos últimos meses, he notado que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminara con su luz para tomar la decisión más adecuada no para mi propio bien, sino para el bien de la Iglesia. He dado este paso con plena conciencia de su importancia y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo. 


Permitidme aquí volver de nuevo al 19 de abril de 2005. La seriedad de la decisión reside precisamente también en el hecho de que a partir de aquel momento me comprometía siempre y para siempre con el Señor. Siempre –quien asume el ministerio petrino ya no tiene ninguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. Su vida, por así decirlo, viene despojada de la dimensión privada. He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la vida justamente cuando la da. Antes he dicho que muchas personas que aman al Señor aman también al Sucesor de San Pedro y le tienen un gran cariño; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo, y que se siente seguro en el abrazo de vuestra comunión; porque ya no se pertenece a sí mismo, pertenece a todos y todos le pertenecen. El “siempre” es también un “para siempre” –ya no existe una vuelta a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esto. No vuelvo a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recepciones, conferencias, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de manera nueva junto al Señor Crucificado. Ya no tengo la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración permanezco, por así decirlo, en el recinto de San Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, me será de gran ejemplo en esto. Él nos mostró el camino hacia una vida que, activa o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.


Doy las gracias a todos y cada uno también por el respeto y la comprensión con la que habéis acogido esta decisión tan importante. Continuaré acompañando el camino de la Iglesia con la oración y la reflexión, con la entrega al Señor y a su Esposa, que he tratado de vivir hasta ahora cada día y quisiera vivir siempre. Os pido que me recordéis ante Dios, y sobre todo que recéis por los Cardenales, llamados a una tarea tan relevante, y por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro: que el Señor le acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu. Invoquemos la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que nos acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad eclesial; a Ella nos encomendamos, con profunda confianza. 

 
Queridos amigos, Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, también y sobre todo en los momentos difíciles. No perdamos nunca esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo. Que en nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, esté siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, está cerca de nosotros y nos cubre con su amor. 

Gracias.



Fotografías tomadas de internet

martes, 12 de febrero de 2013

BENEDICTO XVI TAMBIEN ES "EL PAPA DE NUESTRAS VIDAS"

Hace ya algunos meses publique en el blog esta entrada con motivo de la fiesta litúrgica del Beato Juan Pablo II. En el día de hoy, cuando todavía estamos impactados por la noticia de la renuncia a la Sede de Pedro de nuestro queridísimo Santo Padre Benedicto XVI me parece que, de alguna manera recobra actualidad. Al volverlo a leer encuentro un nuevo sentido a las palabras dichas por el Papa en Cuatro Vientos en las memorables jornadas de la JMJ de Madrid y que bien pueden aplicarse al tiempo presente y a los acontecimientos históricos que estamos viviendo: “…No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra..."  No tendremos ningún miedo Santo Padre ni al mundo, ni al futuro, ni a la constatación de nuestra propia debilidad; sabemos que tenemos al Señor de nuestra parte y que usted seguirá velando por todos nosotros. Gracias, gracias, muchísimas gracias por su trabajo, por sus desvelos, por sus oraciones, por su ejemplo. Gracias por todo Santo Padre.

 

 

Orémus por Pontífice nostro Benedicto

Dóminus consérvet eum,
et viv
íficet eum,
et be
átum fáciat eum in terra,

et non tradat eum in ánimam inimicórum éius.
 

EL PAPA DE NUESTRAS VIDAS

 

Hoy 22 de octubre es un día muy especial. Es la fiesta litúrgica del Beato Juan Pablo II. Para muchos de nosotros Juan Pablo II fue en pocas palabras el  "Papa de nuestras vidas". Él nos ayudó a encontrar nuevos horizontes, nos animó en cada momento a no tener miedo y con su ejemplo a lo largo de los años nos enseño a saber vivir y a saber morir. Fui testigo de aquella primera visita del Papa a España, de la memorable tarde en el “Santiago Bernabéu” donde un Papa joven en diálogo con todos y cada uno de los jóvenes que allí nos encontrábamos nos hacía preguntas importantes; algunas las contestamos allí mismo a voz en grito, otras poco a poco las hemos ido contestando a lo largo de nuestras vidas o mejor, hemos ido encontrando la única respuesta a esas preguntas que no es otra que la fe y la confianza ciega en el Señor. También fui testigo de aquella otra visita, la última que nos hizo donde, un Papa ya anciano curiosamente nos seguía haciendo preguntas y nos dejaba el testimonio de su vida y otro lema a unir a su “Totus Tuus”. El “…Vale la pena…”, “… vale la pena seguir a Cristo…” que resonó en el aeródromo de Cuatro Vientos. Ahora, algunos años después otro Papa, Benedicto XVI, en el marco de la JMJ de Madrid nos ha dejado una especie de continuación a aquel “…vale la pena…”, cuando dirigiéndose a los jóvenes y no tan jóvenes nos decía: “…No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra. En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga…”. Pensándolo bien, Benedicto XVI es también el “Papa de nuestras vidas”.

jueves, 11 de octubre de 2012

AL INICIO DEL AÑO DE LA FE

Hoy 11 de octubre de 2012 en el inicio del "Año de la Fe", vale la pena traer al blog un escrito inédito del Papa Benedicto XVI en el que recuerda en primera persona aquella vivencia, aquel otro 11 de octubre del año 1962, fecha del inicio de Concilio Vaticano II. Hace pocos instantes, desde la misma ventana de los apartamentos pontificios donde hace cincuenta años Juan XXIII pronunciaba aquel memorable discurso conocido como "El discurso de la luna", nuestro queridísimo Santo Padre ha querido darnos ánimos y recordar aquel discurso y hacer suyas aquellas palabras finales que dirigió el Papa Juan a las personas congregadas en la Plaza de San Pedro: "...al volver a casa encontrareis a los niños, hacedles una caricia a vuestros niños y decidles....esta es la caricia del Papa. Quizá encuentren alguna lágrima que enjugar, dadles una palabra de aliento; el Papa está con nosotros especialmente en la hora de la tristeza y de la amargura..."


INÉDITO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PUBLICADO CON OCASIÓN DEL 50 ANIVERSARIO
DE LA APERTURA DEL CONCILIO VATICANO II


Fue un día espléndido aquel  11 de octubre de 1962, en el que, con el ingreso solemne de más de dos mil padres conciliares en la basílica de San Pedro en Roma, se inauguró el concilio Vaticano II. 

 Ingreso de los Padres Conciliares a la Basílica de San Pedro

En 1931 Pío XI había dedicado este día a la fiesta de la Divina Maternidad de María, para conmemorar que 1500 años antes, en 431, el concilio de Éfeso había reconocido solemnemente a María ese título, con el fin de expresar así la unión indisoluble de Dios y del hombre en Cristo. El Papa Juan XXIII había fijado para ese día el inicio del concilio con la intención de encomendar la gran asamblea eclesial que había convocado a la bondad maternal de María, y de anclar firmemente el trabajo del concilio en el misterio de Jesucristo. Fue emocionante ver entrar a los obispos procedentes de todo el mundo, de todos los pueblos y razas: era una imagen de la Iglesia de Jesucristo que abraza todo el mundo, en la que los pueblos de la tierra se saben unidos en su paz.
Fue un momento de extraordinaria expectación. Grandes cosas debían suceder. Los concilios anteriores habían sido convocados casi siempre para una cuestión concreta a la que debían responder. Esta vez no había un problema particular que resolver. Pero precisamente por esto aleteaba en el aire un sentido de expectativa general: el cristianismo, que había construido y plasmado el mundo occidental, parecía perder cada vez más su fuerza creativa. Se le veía cansado y daba la impresión de que el futuro era decidido por otros poderes espirituales. El sentido de esta pérdida del presente por parte del cristianismo, y de la tarea que ello comportaba, se compendiaba bien en la palabra “aggiornamento” (actualización). El cristianismo debe estar en el presente para poder forjar el futuro. Para que pudiera volver a ser una fuerza que moldeara el futuro, Juan XXIII había convocado el concilio sin indicarle problemas o programas concretos. Esta fue la grandeza y al mismo tiempo la dificultad del cometido que se presentaba a la asamblea eclesial.

 Juan XXIII

Los distintos episcopados se presentaron  sin duda al gran evento con ideas diversas. Algunos llegaron más bien con una actitud de espera ante el programa que se debía desarrollar. Fue el episcopado del centro de Europa —Bélgica, Francia y Alemania— el que llegó con las ideas más claras. En general, el énfasis se ponía en aspectos completamente diferentes, pero había algunas prioridades comunes. Un tema fundamental era la eclesiología, que debía profundizarse desde el punto de vista de la historia de la salvación, trinitario y sacramental; a este se añadía la exigencia de completar la doctrina del primado del concilio Vaticano I a través de una revalorización del ministerio episcopal. Un tema importante para los episcopados del centro de Europa era la renovación litúrgica, que Pío XII ya había comenzado a poner en marcha. Otro aspecto central, especialmente para el episcopado alemán, era el ecumenismo: haber sufrido juntos la persecución del nazismo había acercado mucho a los cristianos protestantes y a los católicos; ahora, esto se debía comprender y llevar adelante también en el ámbito de toda la Iglesia. A eso se añadía el ciclo temático Revelación – Escritura – Tradición – Magisterio. Los franceses destacaban cada vez más el tema de la relación entre la Iglesia y el mundo moderno, es decir, el trabajo en el llamado Esquema XIII, del que luego nació la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual.
Aquí se tocaba el punto de la verdadera expectativa del Concilio. La Iglesia, que todavía en época barroca había plasmado el mundo, en un sentido lato, a partir del siglo XIX había entrado de manera cada vez más visible en una relación negativa con la edad moderna, sólo entonces plenamente iniciada. ¿Debían permanecer así las cosas? ¿Podía dar la Iglesia un paso positivo en la nueva era? Detrás de la vaga expresión “mundo de hoy” está la cuestión de la relación con la edad moderna. Para clarificarla era necesario definir con mayor precisión lo que era esencial y constitutivo de la era moderna. El “Esquema XIII” no lo consiguió. Aunque esta Constitución pastoral afirma muchas cosas importantes para comprender el “mundo” y da contribuciones notables a la cuestión de la ética cristiana, en este punto no logró ofrecer una aclaración sustancial.
Contrariamente a lo que cabría esperar, el encuentro con los grandes temas de la época moderna no se produjo en la gran Constitución pastoral, sino en dos documentos menores cuya importancia sólo se puso de relieve poco a poco con la recepción del concilio. El primero es la Declaración sobre la libertad religiosa solicitada y preparada con gran esmero especialmente por el episcopado americano. La doctrina sobre la tolerancia, tal como había sido elaborada en sus detalles por Pío XII, no resultaba suficiente ante la evolución del pensamiento filosófico y la autocomprensión del Estado moderno. Se trataba de la libertad de elegir y de practicar la religión, y de la libertad de cambiarla, como derechos a las libertades fundamentales del hombre. 

 Al inicio de la Sesión inaugural del Concilio Vaticano II

Dadas sus razones más íntimas, esa concepción no podía ser ajena a la fe cristiana, que había entrado en el mundo con la pretensión de que el Estado no pudiera decidir sobre la verdad y no pudiera exigir ningún tipo de culto. La fe cristiana reivindicaba la libertad a la convicción religiosa y a practicarla en el culto, sin que se violara con ello el derecho del Estado en su propio ordenamiento: los cristianos rezaban por el emperador, pero no lo veneraban. Desde este punto de vista, se puede afirmar que el cristianismo trajo al mundo con su nacimiento el principio de la libertad de religión. Sin embargo, la interpretación de este derecho a la libertad en el contexto del pensamiento moderno en cualquier caso era difícil, pues podía parecer que la versión moderna de la libertad de religión presuponía la imposibilidad de que el hombre accediera a la verdad, y desplazaba así la religión de su propio fundamento hacia el ámbito de lo subjetivo. Fue ciertamente providencial que, trece años después de la conclusión del concilio, el Papa Juan Pablo II llegara de un país en el que la libertad de religión era rechazada a causa del marxismo, es decir, de una forma particular de filosofía estatal moderna. El Papa procedía también de una situación parecida a la de la Iglesia antigua, de modo que resultó nuevamente visible el íntimo ordenamiento de la fe al tema de la libertad, sobre todo a la libertad de religión y de culto.
El segundo documento que luego resultaría importante para el encuentro de la Iglesia con la modernidad nació casi por casualidad, y creció en varios estratos. Me refiero a la Declaración "Nostra aetate" sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Inicialmente se tenía la intención de preparar una declaración sobre las relaciones entre la Iglesia y el judaísmo, texto que resultaba intrínsecamente necesario después de los horrores de la Shoah. 

 Padres Conciliares

Los padres conciliares de los países árabes no se opusieron a ese texto, pero explicaron que, si se quería hablar del judaísmo, también se debía hablar del islam. Hasta qué punto tenían razón al respecto, lo hemos ido comprendiendo en Occidente sólo poco a poco. Por último, creció la intuición de que era justo hablar también de otras dos grandes religiones — el hinduismo y el budismo —, así como del tema de la religión en general. A eso se añadió luego espontáneamente una breve instrucción sobre el diálogo y la colaboración con las religiones, cuyos valores espirituales, morales y socioculturales debían ser reconocidos, conservados y desarrollados (n. 2). Así, en un documento preciso y extraordinariamente denso, se inauguró un tema cuya importancia todavía no era previsible en aquel momento. La tarea que ello implica, el esfuerzo que es necesario hacer aún para distinguir, clarificar y comprender, resulta cada vez más patente. En el proceso de recepción activa poco a poco se  fue viendo también  una debilidad de este texto de por sí extraordinario: habla de las religiones sólo de un modo positivo, ignorando las formas enfermizas y distorsionadas de religión, que desde el punto de vista histórico y teológico tienen un gran alcance; por eso la fe cristiana ha sido muy crítica desde el principio respecto a la religión, tanto hacia el interior como hacia el exterior.
Mientras que al comienzo del concilio habían prevalecido los episcopados del centro de Europa con sus teólogos, en el curso de las fases conciliares se amplió cada vez más el radio del trabajo y de la responsabilidad común. Los obispos se consideraban aprendices en la escuela del Espíritu Santo y en la escuela de la colaboración recíproca, pero lo hacían como servidores de la Palabra de Dios, que vivían y actuaban en la fe. Los padres conciliares no podían y no querían crear una Iglesia nueva, diversa. No tenían ni el mandato ni el encargo de hacerlo. Eran padres del Concilio con una voz y un derecho de decisión sólo en cuanto obispos, es decir, en virtud del Sacramento y en la Iglesia del Sacramento. Por eso no podían y no querían crear una fe distinta o una Iglesia nueva, sino comprenderlas de modo más profundo y, por consiguiente, realmente “renovarlas”. Por eso una hermenéutica de la ruptura es absurda, contraria al espíritu y a la voluntad de los padres conciliares.
En el cardenal Frings tuve un “padre” que vivió de modo ejemplar este espíritu del Concilio. Era un hombre de gran apertura y amplitud de miras, pero sabía también que sólo la fe permite salir al aire libre, al espacio que queda vedado al espíritu positivista. Esta es la visión a la que quería servir con el mandato recibido a través del Sacramento de la ordenación episcopal. No puedo menos que estarle siempre agradecido por haberme llevado a mí  — el profesor más joven de la Facultad teológica católica de la universidad de Bonn — como su consultor a la gran asamblea de la Iglesia, permitiéndome frecuentar esa escuela y recorrer desde dentro el camino del concilio. En este volumen se han recogido varios escritos con los cuales, en esa escuela, he pedido la palabra. Peticiones de palabra totalmente fragmentarias, en las que se refleja también el proceso de aprendizaje que el concilio y su recepción han significado y significan aún para mí. Espero que estas diversas contribuciones, con todos sus límites, puedan ayudar en su conjunto a comprender mejor el concilio y a traducirlo en una justa vida eclesial. Agradezco de corazón al arzobispo Gerhard Ludwig Müller y a sus colaboradores del Institut Papst Benedikt XVI el extraordinario empeño que han puesto para la realización de este volumen.

Castelgandolfo, en la fiesta del santo obispo Eusebio de Vercelli, 2 de agosto de 2012

BENEDICTO XVI 


Imágenes tomadas de internet

viernes, 22 de junio de 2012

LA VIRGEN NEGRA DE CZESTOCHOWA, REINA DE POLONIA


Hoy colabora con el blog un buen amigo. Se trata de Don Grzegorz Lonski, (Don Gregorio, como familiar y cariñosamente le conocemos en la Cofradía). Sacerdote polaco y hermano de nuestra Penitencial. Desarrolla un tema que para una persona originaria de aquella querida nación tiene unas connotaciones muy especiales porque, en mi opinión, hablar de la Virgen de Czestochowa es tanto como hablar de la misma historia de Polonia. La colaboración nos dibuja de manera profunda y clara las mil y una  vicisitudes históricas del pueblo polaco que quiso siempre unir la historia de la Virgen Negra con su propia historia.
                              
   
Sobre las colinas calcáreas que se encuentran junto al río Warta y que se extienden desde Cracovia hasta Wielun se levanta la ciudad de Czestochowa. Se dice que el nombre de la ciudad proviene de su fundador, un eslavo de nombre Czestoch. En los documentos del siglo XIII viene llamada como un pueblo de caballeros denominado Czestochowa. A finales del siglo XIV recibió el status de ciudad. En la parte occidental de la ciudad, llamada ya en el siglo XIV, "Vieja Czestochowa", se encuentra una colina alta de 293 metros, concedida a los monjes de San Pablo llegados de Hungría en 1382. Encima de la misma se erigió el conjunto de edificios del santuario y del monasterio, rodeado de murallas y parques, que lleva el nombre de Jasna Góra (Clara Montana). Los monjes Paulinos u Orden de San Pablo Primer Eremita fueron fundados al inicio del siglo XIII en Hungría después del gran movimiento eremita que conmueve a toda Europa en los siglos XI-XII. Fue el príncipe Wladislao de Opole, plenipotenciario del Rey Ludovico de Hungría para la tierra polaca en los años 1367-1372, quien llamó a los Monjes de San Pablo a Polonia. Ellos llegaron a Czestochowa en 1382, y recibieron una pequeña iglesia y depositaron el Icono de la Virgen.


Icono de la Virgen de Czestochowa
(Imagen tomada de internet)

El cuadro de la Virgen pertenece al tipo de iconos denominados Odigitria (esta palabra de origen griego significa "Aquella que indica y guía a través del camino). Pintado sobre una tabla de madera de  122,2 cm, 82,2 cm, y 3,5 cm, el cuadro representa el busto de la Virgen con Jesús en brazos. La cara de la Virgen domina el cuadro con el efecto de que quien lo mira se encuentra inmerso en la mirada de María: mira a María que le mira. También la cara del Niño mira al peregrino, pero no su mirada, que resulta fija. Las dos caras tienen una expresión seria y pensante lo que da a todo el cuadro un tono emotivo. La mejilla derecha de la Virgen está marcada por dos rasguños paralelos y por un tercero que atraviesa a los otros dos. Su cuello presenta otros seis arañazos, dos de los cuales son visibles y cuatro apenas se perciben. Jesús está vestido con una túnica escarlata y descansa sobre el brazo izquierdo de la Madre que hace como de trono para que se pueda sentar. La mano izquierda del Niño sostiene el libro y la derecha está elevada en signo de bendición. Sobre su pecho descansa la mano de la Virgen que señala al Niño y parece querer decirnos: “Fijaros en mi Hijo Jesús, Él es el Hijo de Dios”. El vestido y el manto de la Virgen están adornados con la flor de lis, símbolo de la familia real de Hungría. Contrasta la luminosidad de sus vestidos con los colores oscuros de sus rostros. En la frente de María hay representada una estrella de seis puntas. Ambos, la Virgen y Jesús tienen aureolas doradas.
La historia del cuadro de Jasna Góra viene transmitida según dos versiones: una tradicional que tiene sus orígenes por una parte en la leyenda y por otra parte tiene sus fundamentos históricos que han sido reconstruidos por los críticos de arte interesados por la genealogía de esta extraordinaria Imagen. Según la versión de la tradición, el cuadro fue pintado por el evangelista Lucas sobre la mesa de la Sagrada Familia. San Lucas habría pintado dos imágenes de María: una de ellas llegó a Italia y fue conservada en Florencia, donde todavía hoy es venerada; la otra fue trasladada de Jerusalén a Constantinopla por el emperador Constantino y colocada en una Iglesia. Seis siglos más tarde, el príncipe ruso Lev obtiene del emperador el cuadro como reconocimiento de sus méritos militares. Durante las guerras en Rusia, el príncipe Wladislao de Opole encontró el cuadro en el castillo de Belz. Allí este icono era venerado como milagroso. Después de la victoria sobre los tártaros el príncipe trajo consigo el cuadro a Czestochowa y confió su custodia a los monjes Paulinos. Estas noticias nos han llegado a través de un manuscrito, el más antiguo que conocemos y nos habla de ello, llamado "Translación tabule”. Una copia de este manuscrito del año 1474 se conserva en el archivo de Jasna Góra.
La fama siempre creciente de la imagen milagrosa de la Madre de Dios hizo que en poco tiempo el monasterio se convirtiera en meta de continuos peregrinajes y que comenzara a recoger numerosísimos y preciosos exvotos. El valor de tales dones enciende por desgracia la codicia: el 14 de abril de 1430 (día de Pascua), una banda de ladrones, procedentes de Bohemia, de Moravia, y de Silesia, asaltaron el monasterio. Entrando en la capilla de la Madre de Dios los ladrones quitaron del altar la imagen de la Virgen, empobreciéndola de todos los objetos valiosos y estropeando su rostro con las espadas.

Parte  del tesoro del Santuario
(Imagen tomada de internet)

Seguidamente echaron el cuadro al suelo, rompiéndose en tres partes según la narración de Piotr Risius, contenido en la obra "Historia Pulchra" (1523). El cuadro se restauró en Cracovia en la corte del rey Wladislao Jagiello. Los restauradores intentaron respetuosamente extender los colores sobre la tabla, pero estos desaparecían. Hoy se sabe que la dificultad de restaurar un icono antiguo estaba en la aplicación de colores al temple sobre una imagen encáustica. Después de fracasar en la operación de restauración, los restauradores rascaron totalmente la imagen antigua y pintaron una nueva sobre la tabla milagrosa. En los signos del rostro de la Virgen pasaron el punzón para recordar la barbarie. Después de la profanación y de la restauración la fama del santuario creció enormemente y aumentaron las peregrinaciones hasta tal punto que la iglesia gótica primitiva fue insuficiente para acoger el número de fieles. Por este motivo, ya en los años 60 del siglo XV, junto a la Capilla de la Virgen, se comenzó la construcción de una iglesia gótica de tres amplias naves.

Santuario de Jasna Góra
(Imagen tomada de internet)

 El monasterio sufrió otro asalto en 1466 por el ejército del rey bohemio. Estos episodios, además de la necesidad e importancia de disponer de un baluarte cercano a los confines con Silesia, convencieron al rey Wladislao IV de la necesidad de construir un muro de cerco al monasterio. Los trabajos se iniciaron en 1638. El santuario de Jasna Góra se convertía así en una fortaleza mariana: el "fortalitium marianum". Pero pronto el santuario sufriría una dura prueba. En 1655 aproximadamente se dio inicio a un plan de ataque contra Polonia. E1 21 de Julio del mismo año, el ejército sueco entró en Polonia. Las ciudades de Varsovia, Poznan y Cracovia fueron fácilmente conquistadas. La nobleza polaca, dividida en luchas intestinas, no quiso combatir. Por esta razón todo el país cayó rápidamente bajo la dominación sueca. El 18 de noviembre de 1655 la Armada del General Müller, constituida por treinta mil hombres, llega a Jasna Góra.


Santuario de Jasna Góra
(Imagen tomada de internet)

Los soldados suecos exigen el inmediato abandono del santuario. A pesar de ello el Prior de Jasna Góra, el padre Agustín Kordecki, decide continuar la defensa del sagrado lugar. Disponía de 170 soldados, 20 nobles y 70 monjes.¡Pocos en relación con los treinta mil suecos! Ante la negativa de abandonar el santuario, el ejército sueco atacó. Los combates duraron 40 días y terminaron con la victoria del ejército de María. La victoria conseguida por la pequeña fortaleza de Jasna Góra, llamada con desprecio "gallinero" por el General Müller, resultó de gran importancia religiosa y política. El ataque a Jasna Góra fue considerado una violación a los sentimientos religiosos y la victoria fue inscrita no como valentía de los soldados, ni gracias a la solidez de la fortificación, sino a la tutela de la misma Madre de Dios protectora de aquel lugar. Después de estos episodios, todo el país se alzó en armas y comenzó a luchar contra los invasores suecos. El 1 de abril de 1656 el rey Juan Casimiro consagró solemnemente todo el país bajo la protección de la Madre de Dios en la catedral de Lwow y la proclamó patrona y reina de la tierra de su Reino. Desde aquel momento Jasna Góra se convierte así en el símbolo de libertad religiosa y política para el pueblo polaco. Después de todo ésto los muros del baluarte mariano tendrían que soportar otros asaltos en 1656, 1702, 1704 y 1705. Polonia conoce una paz relativa en 1711. Era el momento favorable para la coronación de la imagen de la Virgen. Los fieles lo querían desde hacía mucho tiempo. Según atestiguan las litografías del siglo XVI la imagen portaba desde los orígenes una corona. Por esta razón, y con motivo de la visita del nuncio apostólico Benedetto Odescalchi los monjes de San Pablo se informaron sobre la posibilidad de coronar la imagen. Obtenida la respuesta positiva, presentaron la petición al Capítulo Vaticano. En 1716 el Papa Clemente XI firmó el acta de coronación que tuvo lugar el 8 de septiembre de 1717 ante la presencia de cerca de doscientos mil fieles. 
Hacia la mitad del siglo XVIII la precariedad del sistema politico, la creciente prepotencia de la nobleza polaca y la errónea política exterior determinaron la decadencia de la República. De esta situación se aprovecharon los estados limítrofes, Rusia y Prusia. Con el pretexto de proteger a Polonia, el ejército de Catalina II, emperatriz de Rusia, entró en territorio polaco. El 29 de enero de 1768 se constituyó una Conferenderación de nobles polacos contra el rey Estanislao Poniatowski que favorecía los intereses de Rusia. Casimiro Pulaski, uno de los dirigentes de la Confederación, se apoderó de la fortaleza de Jasna Góra y la defendió durante tres años de los tenaces ataques de los rusos.

Kazimierz Pulaski en la defensa de Jasna Góra
(Imagen tomada de internet)

 Cuando en septiembre de 1772 la Confederación de deshizo, el rey Estanislao Poniatowski mandó que se entregara la fortaleza a los rusos. Era la primera vez que un ejército enemigo expugnaba los muros de Jasna Góra. Poco tiempo después Polonia fue dividida. En 1795 tuvo lugar una tercera partición de Polonia por obra de tres invasores: Austria, Prusia y Rusia. Por más de 120 años Polonia fue borrada del mapa de Europa. En este doloroso periodo de la historia de la nación polaca, Jasna Góra constituyó un punto de mira para la nación dividida recordándoles que eran hijos de una única patria e infundía en sus corazones la esperanza de libertad.


Icono de la Virgen Negra
(Imagen tomada de internet)

La imagen de la Virgen se convierte de esta manera en signo de una Polonia libre. En los tiempos de Napoleón I y del Principado de Varsovia, Jasna Góra fue una vez más la última fortaleza militar para defender la libertad de los polacos. Estos desde 1806 a 1831 soportaron con éxito los ataques de los ejércitos enemigos. Con la caída de Napoleón I, el ejército ruso ocupó de nuevo la fortaleza de Jasna Góra y el zar Alejandro I ordenó destruir las murallas. Sólo en 1843, bajo las órdenes del zar Nicolas I, las murallas pudieron levantarse pero de forma diversa a las originales. Con este gesto, el zar intentaba expresar a los ojos de Europa su tolerancia y benevolencia hacia la Iglesia. En realidad, los tres estados invasores temían a Jasna Góra por su papel peculiar de defensa de la fe y de patriotismo. Por esta razón prohibieron a los polacos ir en peregrinación a Czestochowa y denominaron a la Virgen de Jasna Góra "la principal revolucionaria". En un clima de estas características no tardó en madurar la insurrección de enero de 1863 que quería la liberación de Polonia. En las banderas de los insurrectos estaba la Imagen de la Virgen de Jasna Góra. Esta insurrección fue reprimida con graves consecuencias para toda la nación. Muchos monjes de San Pablo fueron acusados de colaboracionistas y deportados a Siberia. En 1864 el Zar Alejandro II hizo cerrar la imprenta, la farmacia y todos los estudios religiosos de Jasna Góra, privó al monasterio de las tierras que le pertenecían y limitó el número de monjes. Se suprimió la clausura y los sicarios del zar vejaban continuamente a los monjes. Con éste régimen, en la noche del 22 de septiembre de 1909 fue robado el icono de la Virgen, el vestido de perlas y dos coronas de oro que habían sido donación pontificia. Cuando el Papa Pio X tuvo noticia de lo ocurrido, ofreció a la Imagen de Jasna Góra dos nuevas coronas. La nueva coronación de la Imagen tuvo lugar el 22 de mayo de 1910, y a pesar de mantenerse la partición del territorio polaco fue celebrada con el mismo esplendor que la coronación del 1717. La primera guerra mundial no hizo en Jasna Góra ningún daño. Entre la primera y la segunda guerra mundial, Jasna Góra, fue de nuevo centro de eventos históricos importantes. El 27 de Julio de 1920, cuando se acercaba el flagelo del bolcheviquismo ruso, el Episcopado Polaco, reunido en Jasna Góra, proclamó de nuevo a Maria Reina de Polonia. Cuando la armada rusa llegó a Varsovia, millares de polacos se acercaron a su Reina para implorarle la victoria, que se consiguió el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción. Esta victoria,se atribuyó a la intercesión de la Virgen María. En Mayo de 1936 veinte mil estudiantes polacos se consagraron a María formulando el voto de edificar con Ella una Polonia nueva. En Agosto del mismo año se reunió en Jasna Góra el primer sínodo plenario del Episcopado Polaco. Al comenzar la segunda guerra mundial todo el país fue duramente probado. Jasna Góra no fue una excepción. Una parte del monasterio fue invadida por las tropas nazis. Aunque estuvieran prohibidas las peregrinaciones organizadas, aquel que lograra llegar al santuario, podía escuchar desde el púlpito palabras de consuelo y de esperanza. Jasna Góra ayudaba a los partisanos, presos de guerra y a los judíos. Los monjes enseñaban de forma clandestina a la juventud. Un repentino ataque de tanques rusos el 16 de Enero de 1945 sembró pánico en los alemanes que ocupaban el santuario y éstos se escaparon sin poderse llevar los tesoros y destruir el monasterio. Durante la post-guerra Jasna Góra se reveló una vez más capital espiritual de la nación. En Septiembre de 1946, ante más de medio millón de fieles, el entonces Primado August Hlond consagró a Polonia al Corazón Inmaculado de María. En 1948 cuando la ideología comunista se volvía amenazadora, el Primado moribundo pronunció palabras que se revelaron proféticas: "La victoria, cuando llegue, será victoria de la Madre Santísima". Este mensaje fue herencia del nuevo Primado Stefan Wyszynski. Encarcelado por los comunistas en una prisión estalinista, el Primado Wyszynski, inspirándose en el gesto del rey Juan Casimiro, compuso una plegaria a la Virgen en la cual la gratitud por cada bien recibido se entrelazaba con la oración por una Polonia libre y la promesa de una vida irreprensible en acción de gracias por la libertad. El 26 de agosto de 1956, en el 300 aniversario de los votos del rey Juan Casimiro en Jasna Góra con la presencia de un millón de personas, la súplica del cardenal Wyszyñski, todavía prisionero, vio la luz. El 26 de Octubre siguiente Wyszynski fue liberado. En 1957 el Papa Pío XII bendijo una copia de la imagen de Jasna Góra que fue llevada de modo itinerante de parroquia en parroquia por toda la nación. Esta peregrinación duró 25 años y trajo preciosos frutos de conversión. Con ocasión del milenio de la conversión de Polonia al cristianismo, el 3 de Mayo de 1966, todo el episcopado hizo el acto de consagración de Polonia a Maria, Madre de la Iglesia, por la libertad de la Iglesia de Cristo. Para este acto solemne el Sumo Pontífice Pablo VI quiso ir a Jasna Góra deseando entre otras cosas honrar al Santuario con la donación de una rosa de oro. El gobierno comunista no se lo consintió. El 4 de Junio de 1979 llegó a Jasna Góra el primer Papa polaco, Juan Pablo II, que empezó su peregrinación con estas palabras: "Se está realizando la voluntad de María: heme aquí... aquí estoy y recuerdo una vieja canción de los confedérales de Bar: "somos servidores de María, siervos de María” ... El siervo llamado desde esta tierra, vuelve a los pies de Jasna Góra, donde a menudo me detenía como vosotros y que me ha visto de rodillas sobre la tierra desnuda como vosotros estáis a menudo durante horas y horas..."



Juan Pablo II en Polonia
(Imagen tomada de internet)

Durante los tres días de la estancia del Papa se encontraron con él unos tres millones y medio de fieles. Juan Pablo II, pronunciando un acto de entrega de la Iglesia Universal, de la patria, de todos los hombres y de sí mismo a la Virgen, exclamó: "Madre, soy todo tuyo y aquello que es mío es tuyo". Le ofreció también una rosa de oro que fue colocada en el altar de la Madre de Dios. A pesar de que el 13 de Diciembre de 1981 se verificara un recrudecimiento de las relaciones entre gobierno y población a causa de la proclamación del estado de guerra por parte de los comunistas, el año 1982 fue el año en el que se celebró el 600 aniversario del Santuario. Esta difícil situación impidió al Santo Padre estar presente en el Año Jubilar pero pudo llegar en Junio del año siguiente. Su llegada fue providencial porque unió al pueblo polaco en la difícil lucha por la libertad. Una tercera vez Jasna Góra hospedó al Papa: en 1987 con ocasión del Congreso Eucarístico polaco. Durante aquél tiempo el Santo Padre rezaba para que la precaria situación político-económica del país no hicieran perder al pueblo la esperanza de un futuro mejor. La confianza de los polacos en la intercesión de la Virgen de Jasna Góra se manifestaba con el aumento de las peregrinaciones. En los últimos años han estado en el santuario más de cuatro millones de peregrinos de los cuales unos trescientos mil han llegado a pie. El último decenio es testigo todavía más de un mayor aprecio por Jasna Góra por parte de los polacos. El derrumbamiento del comunismo, definido por muchos como el "nuevo milagro del Vístula", fue preparado en oración delante de la Virgen. Para el pueblo fiel, que se esfuerza en llevar a la práctica el testamento de María: "Haced aquello que él (Jesús) os diga" (Jn 2,5) la Virgen Maria es la verdadera “Protagonista” de la revolución polaca del amor. Gracias a su presencia y su intercesión materna, Cristo vive en la Historia. El Santuario de Jasna Góra, situado sobre una pequeña colina y con un alto campanario que domina la ciudad de Czestochowa, se hace visible desde una distancia de varias decenas de kilómetros. Ocupa un área de cinco hectáreas. Un parque reservado al monasterio lo rodea por tres lados mientras que por el cuarto se abre una gran explanada que alberga a los peregrinos durante las grandes manifestaciones litúrgicas. Desde la explanada un parque público se extiende en declive hasta la ciudad y forma casi una barrera natural para crear y conservar un clima de elevación espiritual y de oración. Los muros de la fortaleza constituían en siglos pasados una defensa de aquel tesoro de la fe y cultura polaca custodiado en los edificios de Jasna Góra. Cuatro puertas, construidas entre los siglos XVII y XIX, dan acceso al complejo del monasterio. El complejo de los edificios de Jasna Góra se ha creado en un espacio de cinco siglos, pero conserva una singular compactación arquitectónica.  La parte de los edificios sagrados es la más antigua. Junto a ella otros edificios han sido construidos a través de los siglos. La Capilla de la Virgen (construida entre los siglos XIV y XX) y el Cenáculo constituyen el centro del Santuario. Adyacente al lugar sacro, surgen las conocidas “habitaciones de los Reyes” del siglo XVII. Estas habitaciones son denominadas así porque estaban destinadas a apartamentos reales para las peregrinaciones de los soberanos.  El monasterio propiamente dicho, consta de dos edificios en forma de cuadrados (siglos XV y XVII) y unidos en un largo brazo (siglo XVII) que hoy alberga a los sacerdotes peregrinos y el antiguo arsenal (siglo XVII). Fuera de los muros perimetrales de la fortaleza un espléndido Vía Crucis de época moderna adorna Jasna Góra. Cada año, de 5 a 6 millones de peregrinos de todo el mundo vienen a Czestochowa, el centro más importante de peregrinación de Polonia. Lo más significante de Czestochowa es el santuario de Jasna Gora, en donde se halla la milagrosa imagen de Santa María, el símbolo de la fe de los polacos. Cada año, muchísimos turistas caminan por el santuario. Los reyes polacos, científicos y el Santo Padre visitaron el monasterio. Durante el tiempo del sistema comunista en Polonia el santuario fue el símbolo de libertad y de esperanza. Ahora en Czestochowa se puede visitar la basílica y capilla de la Madre de Dios con la santa imagen. Luego ofrecemos una visita en la “Sala de los Caballeros”, el tesoro y el arsenal, Museo del 600 aniversario, donde encontramos una colección de objetos litúrgicos, con mucho valor artístico y una colección de los cuadros pintados por los monjes.



Benedicto XVI en Jasna Góra
(Imagen tomada de internet)

En el santuario Benedicto XVI dedicó un discurso a los religiosos, religiosas, seminaristas y representantes de los movimientos y de la vida consagrada, en el que afirmó que "el mundo de la Iglesia necesita de sacerdotes, santos sacerdotes'. 'A los candidatos al sacerdocio les pido: "...ser atentos y sensibles a las señales de santidad que Dios os hará ver entre los fieles. No temed por los deberes y las incógnitas del futuro. No temáis que os falten las palabras o que os encontréis con el rechazo...", dijo. Después realizó varias peticiones y a los sacerdotes y monjas les instó a no perder el impulso originario, con el que empezaron la vida consagrada, y a los representantes de los nuevos Movimientos de la Iglesia, les recalcó que "...la sabiduría evangélica se transmite en modo madurado, no infantil y no agresivo en el mundo de la cultura y del trabajo, en el mundo de la política, en el mundo de la vida familias y la social..." . El discurso del Papa fue un homenaje a la Virgen María que "...nos indica como abrir nuestra mente y nuestros corazones a la potencia del Espíritu Santo, que llega a nosotros para ser entregado al mundo entero..." . Pero también, el Papa explicó que la fe es "...el don que nos dan con el bautismo y que nos hace posible el encuentro con Dios...",  pero precisó que "...Dios se esconde en este misterio y pretender comprenderlo significaría circunscribirlos en nuestros conceptos, en nuestro saber y por ello perderlo irremediablemente...". Hablando a los religiosos indicó que tienen "...que cuidar con empeño el desarrollo de la fe, para que esta invada realmente todos nuestros comportamientos, pensamientos, las acciones y las intenciones...", "... A todos los que les resulta difícil creer en Dios, hoy repito: "Dios es amor..." , exclamó ante los 200.000 peregrinos que le acogieron entre cantos, enarbolando pañuelos de color amarillo y blanco. Los participantes en este encuentro, cuyo momento central fue la adoración de la Eucaristía, eran en su mayoría religiosos, religiosas, seminaristas y representantes de los movimientos a quienes el obispo de Roma había dado cita junto a la Virgen Negra, en ese lugar decisivo para la identidad de Polonia y de su Iglesia. "...Sed vosotros mismos, queridos amigos, testigos de esta verdad..." (a la que el Papa ha dedicado su primera encíclica), recomendó a los presentes. Como en discursos pasados, en ocasiones uno de sus colaboradores leyó algunos pasajes en polaco. Otros pasajes eran pronunciados por el Santo Padre en polaco o italiano. A los religiosos el Papa les aseguró que "...la vida consagrada vivida en la fe une íntimamente a Dios, suscita carismas y confiere una extraordinaria fecundidad a vuestro servicio...". A los seminaristas les aconsejó: "¡No tengáis miedo de los deberes y de las incógnitas del futuro! ¡No tengáis miedo de que os falten las palabras o de que encontréis el rechazo! El mundo y la Iglesia tienen necesidad de sacerdotes, de santos sacerdotes...". Y dirigiéndose a los representantes de los nuevos movimientos en la Iglesia deseó "...que podáis ser siempre cada vez más numerosos para servir a la causa del Reino de Dios en el mundo de hoy..."



                                                                 

jueves, 23 de febrero de 2012

MIERCOLES DE CENIZA - HOMILIA DEL SANTO PADRE

Queridos hermanos y hermanas:

Comenzamos hoy el tiempo litúrgico de la Cuaresma con el sugerente rito de la imposición de las cenizas, a través del cual queremos asumir el compromiso de convertir nuestro corazón hacia los horizontes de Gracia. En general, en la opinión común, este tiempo corre el riesgo de ser connotado por la tristeza, por la oscuridad de la vida. En cambio, es un don precioso de Dios, es un tiempo fuerte y denso de significados en el camino de la Iglesia, es el itinerario hacia la Pascua del Señor. Las lecturas bíblicas de la celebración de hoy nos ofrecen indicaciones para vivir en plenitud esta experiencia espiritual.
“Volved a mí de todo corazón (Jl 2,12). En la primera lectura, tomada del libro del profeta Joel, hemos escuchado estas palabras con las que Dios invita al pueblo judío a un arrepentimiento sincero y no aparente. No se trata de un a conversión superficial y transitoria, sino más bien de un itinerario espiritual que tiene que ver profundamente con las actitudes de la conciencia y que supone un sincero propósito de arrepentimiento. El profeta parte de la plaga de la invasión de las langostas que se había abatido sobre el pueblo destruyendo las cosechas, para invitar a una penitencia interior, a rasgarse el corazón y no las vestiduras (cfr 2,13). Se trata, por tanto, de poner en práctica una actitud de conversión auténtica a Dios – volver a Él –, reconociendo su santidad, su poder, su majestad. Y esta conversión es posible porque Dios es rico en misericordia y grande en el amor. La suya es una misericordia regeneradora, que crea en nosotros un corazón puro, renueva en el interior un espíritu firme, restituyéndonos la alegría de la salvación (cfr Sal 50,14). Dios, de hecho, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cfr Ez 33,11). Así el profeta Joel ordena, en nombre del Señor que se cree un ambiente penitencial propicio: es necesario sonar la trompeta, convocar la reunión, despertar las conciencias. El periodo cuaresmal nos propone este ámbito litúrgico y penitencial: un camino de cuarenta días donde experimentar de modo eficaz el amor misericordioso de Dios. Hoy resuena para nosotros la llamada “Volved a mi con todo el corazón”; hoy somos nosotros los llamados a convertir nuestro corazón a Dios, conscientes siempre de no poder llevar a cabo nuestra conversión nosotros solos, con nuestras fuerzas, porque es Dios quien nos convierte. Él nos ofrece una vez más su perdón, invitándonos a volver a Él para darnos un corazón nuevo, purificado del mal que lo oprime, para hacernos tomar parte en su alegría. Nuestro mundo necesita ser convertido por Dios, necesita de su perdón, de su amor, necesita un corazón nuevo.

 Benedicto XVI imponiendo la ceniza
(Imagen tomada de internet)

“Dejaos reconciliar con Dios” (2Cor 5,20). En la segunda lectura, san Pablo nos ofrece otro elemento en el camino de la conversión. El Apóstol invita a quitar la mirada de él y a dirigir en cambio la atención hacia quien le ha enviado y hacia el contenido del mensaje que trae: “Nosotros somos, por tanto, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por medio nuestro. Por eso, os suplicamos en nombre de Cristo: Dejaos reconciliar con Dios” (ibid.). Un embajador repite lo que ha oído pronunciar a su Señor y habla con la autoridad y dentro de los límites que ha recibido. Quien desempeña el oficio de embajador no debe atraer el interés sobre sí mismo, sino que debe ponerse al servicio del mensaje que tiene que transmitir y de quien le ha mandado. Así actúa san Pablo al desempeñar su ministerio de predicador de la Palabra de Dios y de Apóstol de Jesucristo. Él no se echa atrás frente a la tarea recibida, sino que la lleva a cabo con dedicación total, invitando a abrirnos a la Gracia, a dejar que Dios nos convierta: “Y porque somos sus colaboradores – escribe –, os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios” (2Cor 6,1). “Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión – nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica – sigue resonando en la vida de los cristianos. [...]es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que 'recibe en su propio seno a los pecadores' y que siendo 'santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante,busca sin cesar la penitencia y la renovación' (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del 'corazón contrito' (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10)” (n. 1428). San Pablo habla a los cristianos de Corinto, pero a través de ellos pretende dirigirse a todos los hombres. Todos de hecho tienen necesidad de la gracia de Dios, que ilumine la mente y el corazón. Y el Apóstol añade: “Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación” (2Cor 6,2). Todos pueden abrirse a la acción de Dios, a su amor; con nuestro testimonio evangélico, los cristianos debemos ser un mensaje viviente, al contrario, en muchos casos somos el único Evangelio que los hombres de hoy leen aún. Esta es nuestra responsabilidad, tras las huellas de san Pablo, he ahí un motivo más para vivir bien la Cuaresma: ofrecer el testimonio de la fe vivida a un mundo en dificultad que necesita volver a Dios, que tiene necesidad de conversión.
“Tened cuidado de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos” (Mt 6,1). Jesús, en el Evangelio de hoy, relee las tres obras fundamentales de piedad previstas por la ley mosaica. La limosna, la oración y el ayuno caracterizan al judío observante de la ley. Con el paso del tiempo, estas prescripciones habían sido manchadas por la herrumbre del formalismo exterior, o incluso se habían transformado en un signo de superioridad. Jesús pone en evidencia en estas tres obras de piedad una tentación común. Cuando se realiza algo bueno, casi instintivamente nace el deseo de ser estimados y admirados por la buena acción, de tener una satisfacción. Y esto, por una parte nos cierra en nosotros mismos, y por la otra nos saca de nosotros mismos, porque vivimos proyectados hacia lo que los demás piensan de nosotros y admiran en nosotros. 


 Benedicto XVI recibiendo la ceniza
(Imagen tomada de internet)

Al volver a proponer estas prescripciones, el Señor Jesús no pide un respeto formal a una ley extraña al hombre, impuesta por un legislador severo como una carga pesada, sino que nos invita a redescubrir estas tres obras de piedad viviéndolas de modo más profundo, no por amor propio sino por amor de Dios, como medios en el camino de conversión a Él. Limosna, oración y ayuno: es el trazado de la pedagogía divina que nos acompaña, no solo en Cuaresma, hacia el encuentro con el Señor Resucitado; un trazado que recorrer sin ostentación, en la certeza de que el Padre celeste sabe leer y ver también en el secreto de nuestro corazón.
Queridos hermanos y hermanas, comencemos confiados y gozosos este itinerario cuaresmal. Cuarenta días nos separan de la Pascua; este tiempo “fuerte” del año litúrgico es un tiempo propicio para atender, con mayor empeño, a nuestra conversión, para intensificar la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la penitencia, abriendo el corazón a la dócil acogida de la voluntad divina, para una práctica más generosa de la mortificación, gracias a la cual ir más ampliamente en ayuda del prójimo necesitado: un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el Misterio Pascual.
Que María, nuestra guía en el camino cuaresmal, nos conduzca a un conocimiento cada vez más profundo de Cristo, muerto y resucitado, nos ayude en el combate espiritual contra el pecado, nos sostenga al invocar con fuerza: Converte nos, Deus salutaris noster – Conviértenos a Ti, oh Dios, nuestra salvación”. ¡Amen!